¿Tomar el poder?

Las complejas negociaciones entre el Banco Central Europeo y Grecia, las raíces históricas de Syriza y las opciones que afronta el partido, particularmente en relación a las articulaciones posibles entre política estatal y movimientos sociales de base.

Hace poco que la esperanza llegó a Grecia con la elección de Syriza, una formación de extrema izquierda decidida a romper con las políticas de austeridad europeas. No obstante, asistimos a una reafirmación de la troika bajo otros nombres eufemísticos. Mientras, el Gobierno griego afronta una terrible crisis de liquidez financiera que, de hecho, pone en serio peligro sus proyectos futuros. Podríamos decir que Alexis Tsipras y Syriza en conjunto fueron demasiado optimistas al calcular la presión que, pensaron, serían capaces de ejercer sobre las instituciones europeas -empezando por el BCE, que fue el primero en golpear tras la elección de Tsipras. Syriza -sus dirigentes y también sus activistas- sabía que esto no iba a ser un camino de rosas. Lo que ha pasado era en gran medida previsible. La elección de Syriza provocó un ataque colectivo desde las instituciones europeas, con el BCE como punta de lanza. De hecho, tras la decisión de cerrar el grifo de la liquidez a los principales bancos griegos tomada por el BCE el 4 de febrero, el gobierno griego se vio acorralado en las discusiones con sus así llamados “socios” europeos que no son sino de hecho sus enemigos resueltos, con la clara determinación de hacer fracasar esta experiencia. Así que se tuvo que lidiar con este escenario tan complejo. Cuando finalmente se firmó el acuerdo del 20 de febrero se afrontaba la posibilidad de que los bancos no fueran capaces de abrir la semana siguiente. Ha habido un movimiento constante de retirada de depósitos, el principio de una crisis bancaria, que se celebró con la decisión del BCE. En el fondo del problema está la decisión de los dirigentes de Syriza de romper con la austeridad dentro del marco de las instituciones europeas y, en concreto, de acuerdo con las normas de la eurozona. Ahora hemos visto los límites de esa estrategia y que esas instituciones europeas no son receptivas ante el argumento político, democrático, que sostiene “somos un gobierno electo con un mandato que cumplir, ustedes son nuestro banco central y lógicamente nosotros esperamos que hagan su trabajo y nos permitan llevar a cabo el proyecto por el que fuimos votados”. Pero en absoluto se trata de esto. Estas instituciones están ahí para fijar políticas neoliberales extremadamente severas, para imponer la tutela de la troika sobre países enteros. Y eso es exactamente lo que han intentado hacer, forzando al gobierno griego a hacer concesiones -concesiones muy serias- en el acuerdo del 20 de febrero. Y, efectivamente, la troika ha vuelto. Ahora mismo hay equipos de expertos de la troika escudriñando las cuentas griegas en Atenas. De acuerdo con los términos de esta estrategia, a Syriza se le ha obligado a hacer concesiones. Ahora la Comisión Europea ha intentado ordenar al gobierno que vete dos proyectos de ley que se están discutiendo en el parlamento griego. Uno sobre las llamadas medidas humanitarias, diseñadas para afrontar situaciones de emergencia y satisfacer necesidades básicas inmediatas. El otro para hacerse cargo de la gente que debe dinero a la hacienda pública. Pero el gobierno ha decidido seguir adelante. En última instancia, esta es la diferencia: que realmente existe una confrontación. Ha habido concesiones, pero la confrontación no se ha terminado y va a mantenerse particularmente durante los próximos meses, durante el verano, que será decisivo: Syriza tiene que reflexionar y poner en marcha una estrategia alternativa para evitar que se repita lo que sucedió en febrero.

El proyecto de Syriza es romper con las políticas anteriores -más que eso: romper con las políticas dominantes no solo a escala europea sino en el mundo entero. Eso significa reivindicar una singularidad extremadamente fuerte. Actualmente asistimos a una contradicción entre la novedad de este proyecto y el método político empleado para alcanzarlo. El método, de momento, es clásico: ocupar el poder central dentro de la legitimidad constitucional/electoral para después llevar a cabo maniobras y negociaciones con los “socios” -o más bien “los enemigos”- esperando que todo ello conduzca a una solución efectiva de la situación. Pero los enemigos no están jugando a ese juego: esta no es su estrategia. Y es muy importante entender esto: cómo Syriza, las fuerzas políticas en Grecia y en definitiva el pueblo griego en conjunto, podrían abordar esta situación de una manera diferente a lo que se ha hecho antes.

Syriza nunca habría llegado al poder si no hubiera sido por la emergencia de movilizaciones populares y movimientos sociales en Grecia que son, sin duda, de un alcance mayor que cualquier otra cosa acaecida en Europa desde los setenta. Hay una interacción entre movilizaciones populares y fenómenos políticos con traducción electoral. Es algo nuevo en Europa: hemos visto similitudes en Latinoamérica últimamente, por ejemplo, en la Bolivia de Evo Morales -o antes, en Chile, con la Unidad Popular de Salvador Allende. Syriza es el producto de todo ello. Pero la temporalidad del ciclo social y la temporalidad del ciclo de los procesos políticos no están sincronizadas. Por esta razón los representantes políticos requieren de la estrategia hegemónica. Estas temporalidades tampoco están sincronizadas a nivel europeo. No va a haber una solución que emerja espontáneamente desde abajo, suficientemente potente como para derrumbar, de un solo golpe, el actual equilibrio de fuerzas. Estos procesos implican temporalidades y duraciones mucho más complejas. Sin embargo, el hecho de que Syriza haya sido capaz de llegar al gobierno gracias a los movimientos populares también sugiere que su llegada al poder puede contribuir a la posibilidad de un nuevo ciclo de movilizaciones. Es algo que hemos visto en las semanas inmediatamente posteriores a las elecciones. Fue algo excepcional: Alexis Tsipras, en su declaración de política general a principios de febrero, concluyó su discurso haciendo una llamada a la movilización del pueblo griego, a tomar las calles, las plazas. Reivindicó el último artículo de la constitución griega, que es similar al de la Declaración de los Derechos del Hombre francesa de 1793 y que afirma que la constitución reside en el pueblo y que su patriotismo, en el sentido jacobino, reconoce su derecho de insurrección. De hecho, asistimos a algo inaudito en el contexto europeo: decenas de miles de personas salieron a las calles de Atenas, tanto para apoyar al gobierno griego en su confrontación con la Unión Europea como para presionar al propio gobierno. Y esto continuó hasta el mismo 20 de febrero. Este movimiento alcanzó una dimensión europea: el 15 de febrero fue una jornada de movilización europea en apoyo al pueblo griego. Miles o decenas de miles de ciudadanas salieron a las calles para manifestarse, por ejemplo en París pero también en Roma y otras ciudades. En este último periodo hemos visto cómo la esperanza también se ha traducido en acción. La fuerza del apoyo popular a Syriza en Grecia no se ha derrumbado, a pesar de que haya reculado en algunas de sus promesas electorales. Y la gente movilizada va más allá de los votantes, de los manifestantes tradicionales y de las bases de Syriza, como ocurrió en 2011. Al mismo tiempo, la sociedad griega es consciente de las dificultades que tiene por delante. No va a ser embaucada por cualquier análisis de lo que ha pasado. Sabe que es muy difícil, que hay una presión enorme y que las relaciones de poder son muy desiguales. Así que ahora estamos en otro momento en el que Syriza tiene que intentar restablecer las condiciones para mantener precisamente esta interacción -entre movilización popular y las batallas que están por venir a nivel institucional, en Europa e internacionalmente.

Hay que profundizar en si esta novedad política -entendiendo que la política no sólo significa la existencia y las acciones del Estado sino también la interacción y la movilidad de la interacción entre los movimientos populares y el Estado- está desarrollándose de un modo nuevo y sin precedentes. Somos conscientes de que la situación griega tiene, sin duda, todo tipo de características significativas, interesantes e incluso inéditas en Europa. Esto es así desde hace bastante tiempo: recordemos las insurrecciones de 2008, etc. Así que la historia de Grecia es la historia de movimientos populares, de insurrecciones, de gente saliendo a las calles durante años. Syriza -y Podemos, cada uno en su propio registro- son un producto de esta singularidad de los últimos años, no sólo en términos de política clásica sino también en términos de “invención” política… La cuestión preocupante, podría decirse que excesivamente marcada por el resultado final del gobierno de François Mitterrand, es la siguiente: cuando Mitterrand fue elegido y su victoria había estado en el horizonte en los sesenta y los setenta, decenas de miles de personas salieron a las calles gritando “hemos vencido”. No obstante, vimos enseguida que se instalaba un tipo de acción gubernamental que abandonó todo esto muy rápido, recluyéndose poco a poco en los trabajos tradicionales del orden estatal, cediendo a los imperativos coyunturales. Y eso rompió este movimiento. Todo pasó en dos años. El peligro en este caso es que si la movilización popular no es capaz de controlar las acciones del Estado a través de la organización que este movimiento creó o hizo posible, las instituciones del Estado llevarán de nuevo todo bajo control. Fue impactante, en la época de Mitterrand, la velocidad con la que esta “estatización” se dejó ver, se hizo patente. Particularmente cuando se trataba de política económica y financiera: Mitterrand tenía un plan extremadamente ambicioso para nacionalizar elementos centrales de la economía francesa, la mayor parte de los bancos, etc. Y de hecho, lo hizo. Pese a todo ello, a la larga, un método político, un modo de ser político, es completamente determinante. Por eso cabe la duda de si todo esto expresa un nuevo tipo de relación -nueva, al menos, para la Europa reciente- entre procesos estatales y movimientos populares. Este es el corazón del problema.

Al mismo tiempo, los líderes de Syriza tienen un perfil muy distinto al de Mitterrand. Alexis Tsipras tiene un bagaje de extrema izquierda, incluso comunista, mientras que el color ideológico de Mitterrand, que era un político veterano al final de su carrera, era mucho más incierto. Sin embargo, los comunistas estaban en su gobierno y sus objetivos eran mucho más radicales que los esgrimidos hoy por Syriza. Por el momento, su programa político es negativo: “no a la austeridad”, “otra política es posible”, pero sus contornos no están muy definidos… no propone ningún desafío explícito a la propiedad privada, a pesar de que eso esté en el núcleo de la tradición comunista. La cuestión del programa inmediato tiene que ser examinada a través de sus primeras decisiones de gobierno. Lo que me interesa es que en el nuevo escenario se percibe la posibilidad de una nueva dialéctica entre las acciones estatales y los movimientos populares. Esto marca la diferencia. El liderazgo de Syriza está compuesto por nuevos tipos de organización, pero queda abierta la pregunta de en qué medida su implicación con el Estado es nueva. La radicalidad se mide mejor en términos de coyuntura y no abstractamente. Y en la coyuntura actual, incluso medidas modestas o moderadas alcanzan dimensiones potencialmente revolucionarias. Pedir hoy la anulación de buena parte de la deuda es dibujar una línea de demarcación muy precisa que desorganiza al adversario. Y este adversario también sabe dónde se encuentra hoy la línea divisoria, el punto de conflicto. Necesitamos infringir derrotas a las políticas neoliberales. Para ello, la experiencia griega enseña que movimientos y movilizaciones son la condición indispensable, el punto de partida de este proceso, pero no son suficientes en sí mismos. Syriza ha de tomar el Estado sin dejarse tomar por el Estado. Ahí está todo su problema. Durante todo el mandato de Mitterrand el único sector social que se movilizó -de hecho, muy pronto tras la victoria de la izquierda en 1981- fue el de los trabajadores del automóvil. En su mayoría, de hecho, estos obreros eran trabajadores inmigrantes que el gobierno explícitamente atacó. Era la época en que, entre otros, Pierre Mauroy, primer ministro durante los tres primeros años de la presidencia de Mitterrand, hizo declaraciones afirmando que esas huelgas estaban manipuladas por Irán, por islamistas, etc. Fue un episodio de una importancia crucial, particularmente en el sentido de la cuestión del método político. Si un gobierno afirma que una parte de sus propias bases -de hecho, una parte muy emblemática- es un enemigo y que considera su movilización como una amenaza, entonces el proceso ha descarrilado El otro frente importante en el que fracasó la experiencia Mitterrand es, de hecho, el europeo. La decisión a la que tuvo que hacer frente en aquel momento era o bien salirse de lo que entonces se llamaba Sistema Monetario Europeo -es decir, continuar con una política de estímulo e intervención estatal activa, en la dirección marcada por las nacionalizaciones- o bien mantenerse en el marco europeo y adoptar un giro neoliberal. Y apostó por la segunda opción. Con todas las reservas necesarias, las opciones de Syriza hoy no son tan diferentes en definitiva. O bien se marca una línea de ruptura con el marco europeo -y sus contornos tendrían que ser estudiados: este es el mayor reto al que se enfrentan las fuerzas políticas y sociales griegas- o bien se rinde, algo que supondría una severa derrota con consecuencias potencialmente desastrosas, no sólo para Grecia sino para todo lo está en juego en Europa actualmente.

Algunos observadores han sugerido que los cuatro meses ganados por Tsipras -es decir, antes de la siguiente ronda de negociaciones en junio- podrían utilizarse para preparar, en secreto, una salida del euro. Hay que preguntarse cuál es exactamente el equilibrio de fuerzas entre los internacionalistas -en sentido amplio, aquellos que mantienen que la idea de romper con Europa es impensable- y aquellos que no están de acuerdo con permanecer en la eurozona a cualquier precio e independientemente de sus consecuencias. Pero el internacionalismo nada tiene que ver con el Banco Central Europeo. No hay internacionalismo en Mario Draghi y el internacionalismo está del lado de aquellos que se oponen a Mario Draghi, a sus políticas y a todo cuanto representa -incluyéndole a él en persona, físicamente. La cuestión del euro siempre ha sido un debate intenso en el seno de Syriza. De un lado están aquellos que sostienen que la salida del euro entrañaría grandes problemas -esto es cierto, de hecho: podría haber problemas con consecuencias para el poder adquisitivo, para el tejido productivo del país. Desde este punto de vista se defiende que más vale intentar librar la batalla en las instituciones, apoyándose en las contradicciones existentes en Europa, en la simpatía de la opinión pública, en los movimientos en curso. Pero vemos que esto no funciona. Los meses que ha “ganado” Syriza no son meses de respiro. La tortura de la gota continúa. El Estado griego está al borde de la suspensión de pagos, con varios plazos de devolución de créditos por delante. De ninguna manera se ha detenido la máquina infernal de la deuda. Es muy posible que el próximo mes el Estado se vea incapaz de pagar a funcionarios y pensiones, que declare una situación de insolvencia. Pasa lo mismo con el sistema bancario griego, que es extremadamente frágil. Ante esta situación se están moviendo algunas líneas. Hace unos días Alexis Tsipras concedió una entrevista a un periódico griego. Se le preguntó si tenía un plan alternativo en caso de una crisis de liquidez. Respondió: “Por supuesto tenemos un plan alternativo. Grecia no chantajea a nadie, pero tampoco va a ceder a chantajes de terceros. El país tiene muchas opciones posibles; por supuesto no queremos llegar a ese impasse, pero…”. En suma, estamos en ese punto ahora. No hay alternativa y eso incluye las negociaciones europeas. Cuando en una confrontación el enemigo -y aquí se trata de un enemigo- sabe de antemano que hay una línea que no vas a cruzar, lógicamente va a ejercer presión en ese punto. Eso es exactamente lo que ha pasado y lo que va a seguir pasando hasta asediar a Grecia y forzar su capitulación. Para las élites políticas europeas y los intereses económicos que representan, es crucial no solo forzar la rendición del gobierno de Syriza sino también humillar políticamente a Syriza. Esta humillación política sería un disparo de advertencia contra Podemos y los españoles, un aviso a todas las fuerzas sociales y políticas en Europa que se oponen a las medidas de austeridad: “¿Habéis visto lo que les ha pasado a los griegos? Pues esto es lo que os tenemos reservado si intentáis hacer lo mismo”. Pero dentro de Syriza, ¿cuántos están preparados para llevar a cabo esta ruptura? Para algunos líderes de Syriza impedir la ruptura con el euro a cualquier precio representaba una garantía mítica para una perspectiva internacionalista. Acerca de cuál es el balance de fuerzas entre estas tendencias, es ciertamente complicado describir un balance de fuerzas en una situación tan tensa, tan fluida. Ya veremos cuál es el equilibrio de fuerzas. Mas la situación griega no admite caminos intermedios entre la ruptura y la capitulación. No es algo que vaya a desarrollarse de golpe, se necesita de tiempo -per este tiempo es limitado y se va a resolver, de un modo u otro, en los próximos meses, en torno al verano. En este periodo, breve y denso, se van a resolver muchos asuntos y contradicciones, tanto en el interior de Syriza como en la sociedad griega en sentido amplio. El dilema presentado como fin de la situación actual -es decir, prestarse a hacer todo lo necesario para permanecer en el euro dando a entender al enemigo que de un modo u otro se va a capitular, rindiéndose en todos los aspectos que exija el enemigo- no será, en realidad, parte integrante de la situación actual. Por otra parte, a la hora de imaginar dónde se encontraría la posibilidad de una nueva situación para el pueblo griego las cosas son todavía más complejas e inciertas. Algo que sorprende últimamente es el giro de Giscard d’Estaing, ex-presidente francés, en apoyo a la opción de una salida del euro de Grecia. Aunque por supuesto él no coincide en los términos de la ruptura, dijo cosas que a cualquiera le parecerían razonables, como que los griegos deberían salir del euro y volver al dracma para llevar a cabo una gran devaluación y, de este modo, reducir poco a poco la deuda. Parece que hasta un hombre así puede decir esas cosas, que si Grecia abandonara la eurozona sería mejor para todos y que, aunque sin duda eso causaría algunos problemas considerables, se las arreglaría y entonces ya veríamos cuál es la situación tras la devaluación de su nueva divisa. Se subraya que la crispación sobre este tema es una cuestión táctica, una crispación coyuntural que concierne su relación con Europa. Pero, desde el punto de vista positivo que tienen para el porvenir del pueblo griego, ¿cuáles serían las bases programáticas, políticas y sociales, para una medida de ese calibre? Porque se trata de una medida que se está debatiendo mucho en este momento, también en sus aspectos técnicos: si irse y devaluar o permanecer y obstinarse. La pregunta más bien es cómo se ve la siguiente fase, o incluso lo que hay un poco más allá -¡algunos dirán que la tarea de los comunistas siempre es mirar a la siguiente fase! Es interesante lo que se ve como el paso siguiente a la batalla en curso, incluso aunque se entienda que esta tiene que sus propias idas y venidas y suscita todo tipo de tensiones tanto dentro como fuerza de Grecia, que está en un momento de crisis. Syriza ha permitido, de hecho, amortiguar la crisis y sus contradicciones. Sabemos que en este momento el adversario, el bloque dominante, duda entre varias estrategias diferentes. Por el momento, no obstante, la estrategia dominante no es la de la élite alemana: que sería mejor desembarazarse de los griegos, para algunos incluso a cualquier precio. Lo que realmente quieren las fuerzas dominantes en Europa en este momento es infringir una derrota al país. Se quiere mantener a Grecia en la “jaula de hierro” y forzar a Syriza a hacer lo que el resto de gobiernos de izquierda en Europa terminaron haciendo. Quieren demostrar que Syriza es igual que los otros, que es inevitable, que no hay alternativa. Esta es su estrategia real: demostrar que Tsipras al fin y al cabo no es diferente de François Hollande, que no es diferente de Romano Prodi, que no es diferente de los que hemos visto recientemente en la izquierda socialdemócrata por toda Europa. No estamos en el momento de lo posible sino en el de la posibilidad de lo posible. La gente no había votado por la esperanza sino más bien por la esperanza de una esperanza. Syriza está en ese punto, en una fase en cuya responsabilidad es deshacerse de una camisa de fuerza. Y entonces es cuando la cuestión de la posibilidad va a plantearse realmente, con todas las implicaciones. Hace falta una idea y que no hay otro nombre para esa idea que comunismo. Pero el comunismo no es simplemente una idea sino también el movimiento real. Pues ahí hay una tensión. La situación griega tal vez planteé esta cuestión de nuevo. No en términos simplistas e inocentes, diciendo que Syriza es el comunismo. No, sino más bien la secuencia que atraviesa actualmente, esta experiencia y los diversos elementos que la componen, les permite reconsiderar esta cuestión porque ofrece algunos elementos de respuesta. No una respuesta prefabricada, sino elementos que nos permitan indagar en ello de nuevo. Eso incluye, en particular, un punto que significativamente se ha dejado de lado: hacerse cargo del Estado. Con ello me refiero a algo más que a las elecciones: ¡convertirse en el gobierno es algo muy diferente que tener el poder estatal! Pero creo que para obtener victorias, para reventar la camisa de fuerza, para romper con la asimilación de la derrota, hay que hacerse cargo del Estado. Durante mucho tiempo la extrema izquierda ha sufrido de esta subalternidad, completamente interiorizada. Para superarla se necesitan victorias. No una victoria, sino muchas victorias. Lo que ha pasado en Grecia no es la victoria, sino una victoria, una que apunta en esta dirección, sobre todo cuando se entiende en un contexto amplio. La llegada al poder de Syriza se vivió como una victoria que claramente modifica el régimen de posibilidades en Europa hoy. En este tema hay tres términos: los fines, el movimiento y el proceso mediante el cual nos vinculamos con el Estado. Naturalmente esto es solo posible gracias al movimiento, aunque al mismo tiempo, en realidad, se lleve a cabo por actores políticos claramente identificables y organizados. Syriza es el nombre que designa, en Grecia, ese nuevo modo en que se organiza la política, en términos de relación entre movimientos populares y Estado, una relación que se ha transformado en sí misma. Esta es una forma más abstracta de describir la situación. La pregunta es ¿qué va a pasar con esta dialéctica, no solo ahora sino también en el futuro cercano? Se puede ver la implicación de Syriza con el Estado, el principio que representa, su participación en el proceso electoral -¡y si algo bueno sale de ahí, perfecto! Luego se ve lo que queda de presión y movilización popular en Grecia. Esos movimientos estaban, no obstante, en declive antes de las elecciones. No es que Syriza ganara los comicios porque los movimientos estaban en su apogeo. Las cosas suelen ser así, es la falta de sincronía. En Francia, en junio de 1936, un gran movimiento social desencadenó tras las elecciones. En Grecia vino antes, pero en ningún caso estos movimientos se sincronizaron. En cualquier caso, lo que no veo claro es el tercer término, con el cual me refiero fundamentalmente a cómo los otros dos se articulan en la figura del movimiento político, lo que en definitiva significa Syriza -es el movimiento político y tiene una responsabilidad muy importante. Syriza es de algún modo frágil. No en referencia a los orígenes dispares de sus componentes sino a la fragilidad de lo que, tal vez, solo es un acuerdo de mínimos entre esos diferentes elementos, un acuerdo que probablemente no está listo para afrontar, de manera inmediata, las condiciones derivadas de la implicación del partido con el Estado. Se trata de las condiciones derivadas de hacerse realmente con el poder, de hacerse realmente cargo del Estado. Cuál es la relación entre estos tres elementos desde el punto de vista de Syriza, que es al fin y al cabo el actor sobre el terreno. El caso de Syriza lleva a hacer grandes avances en relación al problema de la forma-partido. Por supuesto es un proyecto en desarrollo: sus perspectivas están abiertas y es un espacio de contradicciones en sí mismo. Así que hay que encontrar una manera de afrontar todo esto. Syriza es un intento de aunar las culturas de los movimientos revolucionarios y la izquierda radical herederas del siglo XX para ponerlas a trabajar en un esfuerzo común. Pero a veces parece que esas culturas coexisten sin por ello llegar a producir una nueva cultura política. Aunque haya habido algunos avances en esa dirección. Por otra parte, el ejercicio del poder gubernamental acarrea de por sí todo tipo de contradicciones y problemas, no siempre los más evidentes. Por ejemplo, vemos una fuerte tendencia en los elementos del partido más implicados en el aparato estatal a volverse cada vez más autónomos respecto a las bases e incluso al propio partido, mientras otros elementos siguen inmersos en movimientos y prácticas sociales. Estas contradicciones se están interiorizando en el seno de Syriza. Está por ver en qué sentido se resolverán con el desarrollo de los acontecimientos, espero que de un modo productivo, a ser posible sin la fragmentación y la división en facciones que tan a menudo han sufrido las organizaciones de izquierdas en el pasado. Incluso si sabemos, por supuesto, que habrá contradicciones, choques y debates internos. Sobre el proyecto político hay algo que corresponde con una experimentación más amplia, actualmente en curso. Syriza no es el único eje fundamental de este período. Hay una red construida desde abajo en la sociedad griega que ha estado en funcionamiento durante estos últimos años, con todo tipo de esfuerzos de auto-organización, con movimientos que, aunque trabajen a un nivel local, también han establecido relaciones flexibles entre sí. Estos movimientos se han hecho cargo de las demandas más urgentes de la situación actual: el Estado en Grecia se hundió, esto es algo muy importante para entender la brutalidad y la violencia del escenario. Es terrible cuando el Estado se retira de este modo. Y siempre es la “mano izquierda” del Estado, es decir el Estado social, la que se hunde, nunca la “mano derecha”. La mano derecha ha cumplido con su cometido a la perfección, todos lo hemos visto claramente en el último periodo con la represión y el incremento del autoritarismo estatal. El problema para estos movimientos desde abajo es que, como el proyecto de Syriza aspira a reconstruir lo que fue destruido en el Estado de bienestar y las conquistas sociales, es que las experiencias de base -que han tejido una red sólida, aunque también frágil e insuficiente- puedan simplemente extinguirse. La tarea que ocupa a Syriza es la reconstrucción. Grecia es un país destruido, su economía y su sociedad han sido devastados. Y tendrán que reconstruir desde abajo. Esto va a llevar tiempo, pero este esfuerzo de reconstrucción puede sentar las bases para la emergencia de alianzas sociales muy amplias e inéditas, permitir el desarrollo de nuevas prácticas, facilitar que las tendencias de base que han brotado en los últimos años crezcan hasta niveles mucho más altos. De hecho, ya se puede percibir algo de esto: cientos de miles de personas en Grecia reciben asistencia médica en una red de clínicas sociales que existe únicamente gracias a la iniciativa popular -la iniciativa de médicos, trabajadores sociales, activistas, jubilados y estudiantes que han hecho cosas en sus barrios que habrían sido impensables para alguien que solo conociera la sociedad griega durante la burbuja ilusoria de hace solo unos años. Hay que avanzar en esta dirección y para ello es necesario distintos niveles de mediación. Por ejemplo, formas de poder local y regional de las que Syriza ha sido capaz de hacerse cargo, a menudo en alianza con otras fuerzas de extrema izquierda. Aquí hay un enorme campo de experimentaciones posibles. En 2012, Alexis Tsipras y la dirección del partido apoyaron claramente esta perspectiva, incluso haciendo referencia a los procesos en Bolivia. Tsipras dijo que la propuestas de Syriza no era simplemente un gobierno de extrema izquierda sino un gobierno de extrema izquierda y de movimientos sociales. De ahí las referencias a Bolivia, así como el llamamiento a los movimientos sociales para convocar asambleas generales y discutir este tipo de cuestiones. Estos son precisamente los pasos que Syriza tiene que seguir para combinar la reconstrucción con una transformación de raíz de las estructuras de la sociedad griega. La posibilidad de hacerse cargo del Estado -¡antes de que el Estado se haga cargo de las fuerzas políticas!- deriva, tal vez principalmente, de la hipótesis de que el Estado estuviera hundido, que hubiera sido destruido. De este modo no hay que hacerse cargo de un Estado fuerte, estructurado, regulado de forma clásica. Esto es una diferencia con el caso de Mitterrand. Mitterrand se encontró con un Estado muy fuerte, no había ningún problema en particular en ese sentido. Lo que se describe ahora es una coyuntura donde la crisis del Estado y la sociedad es tan profunda que de algún modo la propia toma del Estado implica inmediatamente una tarea de reconstrucción. No se trata de hacerse cargo de algo que está funcionando de maravilla, normalmente, sino de un Estado disfuncional, cuyo funcionamiento deficiente ha creado el espacio para iniciativas horizontales. En este sentido, Syriza hace frente a una fase de construcción de algo nuevo, una especie de gestión de la herencia constituida de ese Estado. En otras palabras, su Estado no es el “mamut francés”: su Estado se ha hecho pedazos y, aunque como dices esto ha creado verdaderos problemas para la población, de algún modo también ha proporcionado una oportunidad política.

Además de por su fragilidad interna, Syriza es frágil en el sentido de su soledad. Hay un movimiento de solidaridad promovido por otras fuerzas de extrema izquierda expresado con marchas multitudinarias como la de París. Pero si hubiéramos imaginado que países como Francia iban a utilizar la situación para suavizar su propia relación con las instituciones europeas -parece que el propio Tsipras llegó a pensar eso en algún momento- al final, más que una ayuda, parecen instancias hostiles. Pero no es sorprendente en absoluto porque hay muchos matices en la valoración de esta situación entre los líderes de Syriza, en la medida en que algunos de ellos calcularon que otros gobiernos tendrían sus propias razones para apostar por un punto de vista alternativo y que sería posible trabajar sobre esas contradicciones. En términos tácticos no hay nada de absurdo en ello. Pero cuando hubo que pronunciarse sobre los problemas fundamentales, la presión forzó a todos esos gobiernos a pronunciarse al unísono Es imposible imaginar que en Francia se apruebe la Ley Macron y al mismo tiempo se tienda la mano a Syriza: o lo uno o lo otro, son cosas profundamente incoherentes. Cuando Alexis Tsipras fue a Francia en 2012 -entre las elecciones de mayo y de junio, así que por aquel entonces ya era líder de la oposición en Grecia- después fue a Alemania. En Berlín fue recibido oficialmente por todos los partidos con representación parlamentaria, sobre todo por los socialdemócratas, tal vez no por los democristianos. Pues bien, en Francia el Partido Socialista rechazó reunirse con él. No solo eso: François Hollande hizo una intervención extremadamente virulenta en las elecciones griegas de junio de 2012. Se trató de una entrevista que la televisión griega emitió una y otra vez durante los días previos a la votación, en la que animaba a los griegos a no votar a los partidos que hablaban de ruptura, a no votar a los partidos que hablaban de romper “con los compromisos adquiridos” -la consabida fórmula-fetiche para hablar de las decisiones adoptadas por los anteriores gobiernos griegos. En la conferencia de prensa que concedió en París por aquellos días, Alexis Tsipras tomó prestado el eslogan acuñado por Jean-Luc Mélenchon para describir al entonces recién elegido presidente francés: “Hollandreu”. Una combinación de los nombres de George Papandreou, el primer ministro griego que tuvo que dimitir en circunstancias absolutamente vergonzosas, y François Hollande, quien parece que está tomando el mismo camino. La razón de fondo por la que estos gobiernos socialdemócratas, de izquierda tradicional, no están interesados en ayudar a Syriza es porque su argumento propagandístico principal es la idea de que las decisiones que toman les son impuestas. No se trata de personas que defiendan un programa extraordinario de transformaciones, no: dicen tener las manos atadas. Y si Syriza consigue llevar a cabo su programa será la demostración de que sus decisiones no eran tan forzadas como decían sino que no se esforzaron en desarrollar los medios propiamente políticos para inventar otra cosa. Para ellos, la cuestión está muerta desde hace tiempo, incluso desde Mitterrand en 1983. Cuando afrontó las decisiones fundamentales que mencionaba antes, el gobierno decidió decir que no se podía hacer de otra manera. Y evitó hablar sobre austeridad, aunque inventaron otra palabra: “rigor”, una “política rigurosa”. Una buena parte de las políticas socialdemócratas es eso: salirse con nuevas palabras para hablar de lo mismo (“rigor” en lugar de “austeridad”; “desarrollo de un nuevo crecimiento” en lugar de “pagar la deuda”, etc.). Este es un punto esencial. Aquí, también, el pueblo griego tiene una responsabilidad extraordinaria. Una responsabilidad que consiste en aportar el primer ejemplo, en toda Europa, de que en este tipo de coyuntura es posible poner en práctica políticas diferentes. Esto sería un seísmo político: que los griegos portaran esa antorcha magnífica, mostrando que es posible interrumpir la continuidad de la deriva neoliberal de Europa y, por usar un lenguaje de la vieja escuela, dejar de ser gobernados por las necesidades del gran capital. Lo que aquí está en juego es la especifidad del neoliberalismo. También en la medida en que le pone nuevos nombres a un viejo problema: la división entre reformistas y revolucionarios. Hubo una época en que se creía que el reformismo era posible, que se podían llevar a cabo medidas progresistas, por ejemplo en favor del mundo del trabajo, dentro de los términos del sistema. Sin embargo, en el capitalismo neoliberal esto ya no es posible. Incluso para objetivos relativamente modestos que en otros tiempos habrían sido perfectamente compatibles con el funcionamiento del sistema hay que entablar confrontaciones y conflictos a gran escala. Lo hemos visto, de hecho, en Latinoamérica: países como Bolivia, Venezuela o Ecuador no son socialistas, pero incluso para llevar a cabo su ruptura parcial con el neoliberalismo ha habido muertes. Se ha derramado sangre en Bolivia para que Evo Morales pudiera ser elegido. No hay que mirar para otro lado: la situación en Grecia también es una situación violenta, ha habido una violencia inflingida contra la sociedad griega. Una violencia que se expresa en el hecho de que un partido neonazi se haya convertido en una fuerza política importante en un país donde nunca ha existido una tradición política o un movimiento de masas de esas características. Esto tiene que ver con el hundimiento del Estado y el tipo de pánico que estos años han provocado en algunas partes de la sociedad. Así que, efectivamente, es el futuro del proyecto neoliberal lo que está en juego -has mencionado Francia en 1983, pero creo que su laboratorio real fue el Chile de Pinochet. Allí comenzó la contrarrevolución neoliberal. Y su destino en Europa, nuestro continente, se juega hoy en el Sur. Las técnicas que se utilizaron en Latinoamérica habían sido previamente empleadas en Grecia en 1967, con ocasión del golpe militar de los coroneles. Sin embargo, ahora el problema no está tanto en el ejército. Sobre todo lo está en la policía, pero también en parte del poder judicial. Hay un riesgo de que se lleve a cabo una “estrategia de la tensión” en Grecia. Ya hemos visto algo de eso durante el período en que Amanecer Dorado estaba a la ofensiva. Cuando sus líderes fueron arrestados tras el asesinato del rapero activista Pavulos Fyssas en septiembre de 2013 también fueron detenidos altos cargos policiales y de los servicios secretos. Esto prueba algo que ya sabíamos: que existen estructuras paralelas en ciertos sectores del aparato estatal. Tal vez estos sectores estén callados por el momento: ahora es Berlín quien está a cargo de la ofensiva contra el gobierno Syriza. Pero podrían volver a requerirse sus servicios en un futuro. Así que aquí el balance de fuerzas social y por supuesto la vigilancia ejercida por las movilizaciones populares son totalmente indispensables para afrontar este tipo de amenazas. Cuando se está en el fragor de la batalla no hay nada más que la batalla y la voluntad de llevar adelante la lucha es la única preocupación. Lo que normalmente se entiende por optimismo es la decisión de dejar todo lo demás al margen. Se trata de una configuración subjetiva que demuestra que el pueblo griego está en un momento muy intenso de su historia. ¿Quién habría pensado hace cinco años que el pueblo griego habría llegado tan lejos como lo ha hecho? Con todo lo que ha habido de trágico, pero también con todo lo que ha habido de extraordinario para Grecia. Y todas esas razones residen en una palabra que normalmente suena desgastada pero que a pesar de ello tiene un contenido real en este caso: la palabra “esperanza”. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que la tuvieron.